Cuando menos te lo esperas

Me estaba poniendo guapa para la visita que estaba esperando. Lo mismo d siempre, discutimos por chat, nos odiamos, lo arreglamos, viene a mi casa y como si nada. Algunos días viene como si fuera un colega y otros días como si fuéramos una pareja feliz.

Así era Pablo, una montaña rusa de subidas y bajadas. Es así porque no sabe lo que quiere, quiere una pareja con sus facilidades, pero sin los problemas que ello conlleva, y por más que me lo han dicho mis amigas, hasta ahora no me he dado cuenta, pero aún así, sigo ahí para él y, a veces, me siento ridícula.

Cuando lo conocí, sentí que habíamos conectado un montón, que éramos compatibles y en la cama… me había hecho el amor de otra manera que me hacía sentir querida y deseada desde el primer momento. Pablo no es que fuera una persona fogosa como a mí me gustaba, pero cuando se dejaba llevar, era la caña. ¿El problema? No lo sé, no sé cómo habíamos llegado hasta ese punto. Quizá le desgasté con mis celos, las discusiones, y mis paranoias, pero he de decir en mi favor, que salí bastante perjudicada de mi anterior lío y ya no me fiaba de nadie.

Él empezó a cambiar, se cansaba antes y estallaba enseguida. Fue una relación de desgaste, a ver quién de los dos podía más. Reconozco que soy una persona que necesite cariño, me paso la mayoría de los días sola por mi trabajo, así que me gusta tener a alguien ahí con la que pueda hablar por chat y que cuando no trabaje pueda estar con él.

Con Pablo me fui desilusionando. Cuando hacía todo con mucha ilusión, él lo rechazaba, le quedaba grande todos esos detalles; me reprochaba cosas que él mismo terminaba haciendo, en definitiva, no terminábamos de cuajar, pero yo me empeñaba en que era para mí, porque cuando nos conocimos, todo era mágico y congeniamos a la perfección.

Todo había cambiado hasta entonces. Suena el timbre y abro. Nos saludamos secos, pero me sorprende con un beso en los labios. Así era Pablo, tan impredecible. Le ofrezco salir a cenar pero recibo una negación como respuesta. Se acomoda en el sofá y se empieza a liar un porro. Le pregunto si calentaba una pizza y me contesta con un “me da igual”. Y así es como tengo un cojín más en el sofá.

Cenamos, vemos la tele, y no hablamos nada. Empecé a sacar el tema de la discusión de esa misma mañana para dejar las cosas habladas, y me empezó a besar con intensidad, y yo me dejo. Me dejo llevar y acabamos en la cama.

A la mañana siguiente me despierto la primera y le despierto para tener sexo matutino pero se resiste. Me doy por vencida y empiezo a enumerar en voz alta la lista de quehaceres que tenía esa mañana, y, de rebote, le saqué el tema sobre nosotros. Quería que cambiara, que tuviera paciencia y no estallara enseguida, que no me tenga unos días sin hablarme y que vuelva como si no hubiera pasado nada, que me diga que quiere estar conmigo y a la primera de cambio me manifieste que conmigo no iría ni a la vuelta de la esquina, era demasiado volátil para mí y quería estabilidad. Necesitaba que se aclarase para conmigo. Porque si no quería seguir, yo desaparecería, pero que no volviera a los días.

Se levanta de la cama repentinamente y gritando como si le ardiera la piel. Me echa en cara que siempre le estoy machacando y que le agobio. Vamos, que no se puede hablar con él. Se viste y se va.

Cojo el móvil y cuento las novedades en el chat de mis amigas. Valentina pone el emoticono de la chica llevándose la mano a la cabeza y acto seguido me manifiesta que necesito YA un animal de compañía.

Hacía meses que quería tener un gato, que son más independientes, pero, aun así dan compañía. Quería un gato porque solo me tendría que encargar de alimentarlo, limpiarle la caja de arena y acariciarlo si se deja.

Llamé a Valentina y le dije que fuéramos al refugio de animales a adoptar un gatito.

Cuando llegamos a la parcela, allí había veintitantos gatos y perros y nos lo empiezan a enseñar uno a uno. Mis ojos se clavaron en los de una gatita que estaba dentro de la casa porque los demás gatos la acosaban. Era pequeña y canija, y, si te miraba, se le desviaban los ojos. Vamos, que era bizca, pero me decanté por ella.

Al día siguiente volví con ella, con su chip puesto a mi nombre y su cartilla de vacunas. Le di un donativo generoso a aquella mujer que estaba haciendo una buena y gran obra con aquellos animalitos que habían sido abandonados y me fui con mi nueva hijita adoptiva a casa.

Estaba asustada y nada más llegar a casa se escondió debajo de un mueble. Le eché de comer, la cogí sin que se resistiera y puse en un cojín al lado de la estufa, y de allí no se movió en toda la tarde. Era cariñosa porque a veces rozaba su cabecita en mis piernas y se dejaba coger.

Al día siguiente me fui a trabajar y dejé a Helga en casa con comida y agua para todo el día. A medio día recibí un mensaje de Pablo: << ¿Qué tal estás? >>. Ahí lo tenía otra vez, y empezamos a hablar como si nada, pero como siempre, una cosa lleva a la otra, y de repente, me empieza a hablar de manera seca y borde, le sigo sacando tema de conversación y vuelve con su retahíla de que le agobio. <<Te he hablado para saber como estás, no para que estemos todo el día hablando.>> Y no le contesto. Paso. Estoy harta de librar batallas que no me llevan a ningún lado.

Llego a casa y Helga viene a saludarme mientras me roza su cabecita, le acaricio a modo de saludo y viene detrás de mí por toda la casa a por más cariño. Me ducho, me desmaquillo, me pongo el pijama y me siento en el sofá. Menudo día. Helga se sube y se coloca encima de mí, la acaricio, ella se revuelca, se roza para que no pare de acariciarla y me suena el teléfono. Un mensaje: << ¿No me piensas hablar? >>. Otra subida en la montaña rusa de Pablo. Helga empieza a rozar su cabecita en la mano con la que sostengo el móvil y lo dejo encima de la mesa sin contestarle a Pablo.

Y así, todos esos mimitos que necesitaba, me los estaba otorgando una gatita agradecida por tenerme, por haberla adoptado. Ella agradecía que estuviera ahí, no como Pablo. Me di cuenta que ese cariño que me faltaba me lo estaba dando un animalito sin esperar nada de mí, que ese vacío que sentía y esa soledad lo estaba ocupando Helga. Fue un flechazo y sé que ella no me rechazará. Se quedó dormida en mi regazo y yo me estaba muriendo de amor, tenía una sensación extraña. Comencé a llorar. Encontré el cariño que llevaba buscando toda la vida; buscando a un hombre para ser feliz y lo que necesitaba era a aquella gata…

 

Srta Maravilla

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