¿Quién soy?

Una pregunta difícil, aunque también agradable.

Me encantan las palabras, las historias que cuento y los amigos que me acompañan en esta vida.
Estoy en los cuadros que pinto, en el bolígrafo que uso cuando escribo, en el regalo que elijo como sorpresa. Me encuentro en las páginas de los escritores que adoro y en los fotogramas de una película que me conmueve.
Me pierdo en los ojos de la persona que quiero y me encuentro en los de las que me hacen sonreír y saben reírse de sí mismas.
Soy las cosas que prefiero: la amistad, el silencio y la espontaneidad de una risa sonora. Hablar sin decir nada porque los ojos ya lo revelan todo.
Beber una buena cerveza. Nadar en el mar salado del verano, aunque también en el turbulento y dulce de los sentimientos. Pienso que la gente son como las olas: ni ganadoras ni perdedoras. Simplemente olas. Olas que me arrastran, que me fascinan, que me empujan y que me levantan. Sin saber adónde llegaré. Cada persona que encuentro es como una ola donde me zambullo de buena gana.
Me gustan las personas que sueñan, que sonríen, que viven en lugar de sobrevivir, que no se desmoralizan sino que, al contrario, piensan que el ocaso es un comienzo y no un fin.
Y no es cuestión de edad.
Me gusta muchísimo la curiosidad entendida como deseo de saber y no como entrometimiento. A veces mis amigas me dicen que soy muy curiosa. Y yo me río porque la curiosidad me parece algo bonito y, sobre todo, patrimonio de ambos sexos.
Soy el fruto de la chica que fui en su día. Esa chica que sintió el dolor, la alegría, la soledad, la desilusión, el deseo de reaccionar y la esperanza.
Nadie te escucha si no eres creíble, y lo eres cuando no escondes tu propio universo.
Me estremezco al comprobar que hay gente que me entiende y que se identifica con lo que escribo.

K. Gibran afirmó:

 

«El sentido de un hombre no está en lo que consigue, sino en lo que le gustaría conseguir».

 

Y yo lo creo.