Un final inesperado

Ella lo quería desde bien niña.
Él la deseaba desde el día que se dio cuenta de que era toda una mujer.

Ella se centró en estudiar y consiguió su soñado trabajo, pero había dejado poco tiempo para el amor, aunque le bastaba la amistad que tenía con su amor platónico.
Él estaba prometido con esa clase de chica que todos los padres querrían para su hijo, de buena familia además.

Una noche, con unos cuántos tequilas por medio, jugaron a la mala idea de “atrevimiento, verdad o beso.” Aquel grupo, con treinta y pocos años, les resultaba gracioso ese infantil juego con el alcohol en sangre.

“Elijo verdad”.

“Cuéntanos por qué jamás te hemos visto con un chico.”

Confesó, que el hombre que tenía sentado justo en frente, siempre había sido su primer y gran amor aunque nunca se hayan besado, y que, a pesar de su compromiso, tenía la esperanza algún día de ser ella quien se subiera al altar agarrada de su mano.

Silencio.

Otra verdad. “Jamás me pude imaginar que estuvieras enamorada de mí, creí que permanecías a mi lado por nuestra amistad, y jamás me he atrevido a dar un paso más allá por si me rechazabas y estropeaba nuestra amistad.”

Ella se quedo boquiabierta. Había perdido años de su vida por no haber sido más valiente, por no haberse atrevido a apostar, y sintió un fuego por dentro.

Cuando salieron todos del bar, ellos se fueron juntos, puesto que vivían cerca. La acompañó hasta casa y la sorprendió con un beso. Ella sentía que volaba, él ardía por dentro. Compartieron aquella noche cama, besos, y pasión. Estaban en una nube, él le prometió que anularía la boda, pero antes del amanecer se marchó a casa con su prometida y el hijo que estaban esperando.

Ella se despertó, pensó que fue un sueño, pero al verse desnuda y húmeda, supo que no.

Todo el día pensando qué había hecho. Sí, cumplió parte de su sueño, pero se sentía fatal.

Llamaron al timbre. Abrió. Era él.  Le saludó con un beso efusivo y apasionado. Ella le frenó. No podía. Por mucho que quisiera, no podía con aquello. Si él la quisiera de verdad, más allá de aquella longeva amistad y de esa pasión carnal, hubiera ocupado ella el lugar de su prometida. Si él rompía con todo lo que había construido y la elegía a ella, sabía que, algún día, podría correr la misma mala suerte que su futura mujer, y no estaba dispuesta a aceptar esa incertidumbre día a día. Le rechazó por su amor propio que era mucho más grande que su amor hacia él.

Ella había aprendido a estar sola, él, sin embargo, siempre había saltado de flor en flor hasta que conoció a alguien de conveniencia y de buena posición con la mala suerte de quedarla embarazada y preparar una boda precipitada.

No, ella no quería destrozar a aquella chica que conocía y menos a la familia que iban a formar. No, ella no quería que, sabiendo como era su amigo, corriera el riesgo de ser humillada y no respetada. Le quería sí, iban a seguir siendo grandes amigos, pero nada más.

Él ya tomó su camino, y ella debía seguir el suyo por separado.
Y así fue cómo una mujer decidida cerró la puerta. Estaba dispuesta a abrir su corazón al amor, pero no iba a buscarlo, porque sabía que el amor viene solo sin forzarlo.

Aprendió una lección: debía ser más decidida en la vida, igual como lo fue para tener el trabajo de sus sueños.

Era una chica entera, y no se iba a conformar con menos.

 

Srta Maravilla

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