Una historia. Dos personas.

Érase una vez una chica en un bar. Reía, bebía cerveza, hablaba efusivamente con sus amigas contándose los chismorreos de la ciudad. Estaba absorta en la conversación pero algo llamó su atención.

Fuera del bar estaba él. Empalideció. Miles de recuerdos le envolvieron: su primer beso con aquel chico en aquella discoteca, aquella vuelta a casa con parada a desayunar. No se conocían aquel día, pero lo hicieron muy bien en la cama. Aquellos mensajes días posteriores. Aquellas visitas casi a diario. Sus ojos mirándose con ese brillo de enamorados. Risas. Conversaciones profundas. Meses y meses juntos, felices, pero con demasiadas discusiones por medio. Desconfianzas por culpa de anteriores amores. Heridas cerradas pero que todavía picaban.

Allí estaba su gran amor, detrás de aquella cristalera esperando a alguien. Llegaron al año, pero…
Érase una vez un chico, que llegaba siempre tarde, pero no más tarde que ella. No es que tuviera mucho interés, pero le resultaba entretenida. Entraron en un bar y allí estaba ella. Su verdadero amor, sentada con sus amigas. Un calor le recorrió por todo el cuerpo y le inundaron los recuerdos. Se quedó paralizado entre flashbacks de su pasado con aquella chica. Besos, risas, sexo,  y por desgracia, muchas discusiones… Sabía que no querría a nadie más que aquella chica que estaba sentada bebiéndose su cerveza, ni si quiera a su acompañante, pues no era más que un mero entretenimiento. Sabía que aquel amor tan profundo hacia ella tardaría en desaparecer, si es que aquello podría esfumarse…
Ambos se quedaron petrificados mirándose, y, a la vez, giraron la cabeza hacia otro lado e hicieron como que no se conocían.
Llegaron al año, pero… lo dejaron. Aquello no era sano para ninguno.
Decidieron seguir sus caminos por separado por mucho que se quisieran. Era triste cómo dos personas que se amaban hasta el infinito pudieran tener puntos de vista tan distintos y llegar a ser tan incompatibles…
Siguieron sus vidas por separado como dos desconocidos pero que se conocían muy bien, y sabían que siempre, siempre, siempre, se llevarían por dentro, porque se soltaron antes de la mano que del corazón.

Srta Maravilla

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